“Lo cotidiano es la ausencia”: El silencio de los cuerpos. Relatos sobre feminicidios

Ediciones B, 2015

Ediciones B, 2015

Los días transcurren sin que escriba una sola línea. Voy con el libro de un lugar a otro. Pienso en escribir en algún cafetín. En plasmar esa idea que me sigue y me persigue en cualquier lugar: mientras espero, mientras bebo algo, mientras observo. A diario, saco de la mochila el libro, la libreta, la pluma y una vez más, me repito que es hora de escribir. Así han pasado, primero los días, las semanas y, por último, los meses. Tres meses. ¿Será que no quiero decir-escribir lo que pienso? ¿Será que no tengo otras palabras, distintas, al menos equivalentes para nombrar lo que he leído? ¿Será que, de pronto, me parece que esas otras palabras son al tiempo que necesarias e imprescindibles, innecesarias, poco efectivas, letras vacías? ¿Puede ser eso posible? ¿Puede ser que esa ficción que se antoja probable le quede corta, muy corta, a esta realidad espeluznante en la que vivimos?

Al cuestionarme, cientos de otras interrogantes resurgen. Acción-palabra. Palabra-acción. Pivote. Creación. ¿Dónde se alberga en el escritor ese motor de escritura, más allá del lugar común y la respuesta fácil? ¿Dónde ha quedado aquella manida y mal reflexionada “función social de la literatura”? En generarme preguntas tan innecesarias para otros, me pierdo, me deshago, me hilvano en el carrete de la desesperación no sin antes decirme: `mañana, mañana tendré el ánimo de escribir´. De escribir al respecto. Sí, a veces me ocurre, que necesito un ánimo específico para escribir al respecto de algo, de alguien, de un libro, de otro. Un día quiero (así por querencia, por rebeldía personal, por arrebato) escribir de un tema y al otro día, no.

ni una másSucede entonces que duele. Logro decirme que me duele. Y poco me importa si eso es periodístico o literario. Correcto o incorrecto. Ciertos temas me duelen. Ciertos libros me arrancan la piel, me hieren profundamente. Ciertas plumas, por instantes me arrebatan la palabra. Me dejan muda. Por instantes. Ciertas narrativas me llevan a otros espacios, a otras tierras, a otros cuerpos.

Y la excesiva otredad es intencional, no impericia. Aunque podría serlo.Pero no esta tarde en la que intento apropiarme del cuerpo del silencio. Y del silencio de los cuerpos. De esos cuerpos otros que sin ser silentes se han silenciado en este país por más de veinte años y que, de manera alarmante cada día, en este país se guarda silencio de siete en siete sobre los cuerpos de las mujeres. Siete mujeres silenciadas cada día. Siete mujeres son asesinadas diariamente y sus cuerpos heridos, hablantes, son silenciados por otros cuerpos que intentan desde la voz quebrada, fraccionado, silenciarlos en un ejercicio invisibilizatorio que cala hasta la ofensa.

Pero muchas personas nos negamos a dejarles en silencio. Si se habla de cuerpos silenciados, entonces alcemos nuestra voz, nuestra pluma, hasta construir un lenguaje que permita de-construir el silencio involuntario de más de 11 mil mujeres asesinadas en nuestro país.

Ni una menosSí, con ese dolor, con esa rabia, con esa incapacidad personal de escribir algo distinto, me acerqué a las páginas de El silencio de los cuerpos. Relatos sobre feminicidios (Ediciones B, 2015) compilación a cargo de Yeana González que reúne a 12 escritoras para hacer visible, desde la narrativa de ficción no sólo una cartografía de circunstancias de dolor y de saña, sino una ventana de oportunidad hacia la exploración de ambientes y problemáticas sociales generadoras  y propiciatorias de violencia que permiten a la lectora, al lector, acercarse a cada uno de los relatos, desde diversas aristas. (¿O será que a mí me encanta problematizar y analizar de más?)

Escribo y transcribo desde el ordenamiento propio del índice: Cristina Rivera Garza, Orfa Alarcón, Abril Posas, Ivonne Reyes Chaquetee, Tania Tagle, Iris García Cuevas, Gabriela Damián Miravete, Raquel Castro y Susana Iglesias, son las plumas que escriben sobre este cuerpo social, conjuntan cuerpos reales e imaginados para, desde su imaginario,  nombrar, para transformar ese cuerpo silenciado en carne y cuerpos vivos.

Esos cuerpos construidos de estigmas, condición económica, social, genital, genérica, sitúan a cada una de sus protagonistas y cada uno de sus personajes en un espacio tiempo que, aunque ficción, son tan reales como condicionantes de realidad vivenciada en la que se  construyen sus espacios vitales. Dentro del relato, cada una de las mujeres parte de su condición hacia su invisibilización. De Juárez a Guerrero, su geografía no es sino la del sometimiento a la otredad. Cada una de sus mujeres, desvinculadas de sí mismas, no tienen más oportunidad que la imposibilidad. El silencio de su cuerpo en la cotidianidad es aún peor que el grito del encono en cada herida de su cuerpo silenciado, por ese otro, que no soporta su corporeidad, que la necesita objeto, en tanto mujer, en tanto distinta. Porque, si se nace mujer, al parecer, la otredad, le es negada. Y si aún así, decide hacer de sí cuerpo-palabra, ésta, será silenciada. Ella. Toda. Palabra silenciada. Cuerpo mutilado. Denigrada. La palabra. La mujer. Su cuerpo de mujer.

Sergio González Rodríguez lo dice en el prólogo: “En su riqueza y diversidad, los relatos de El silencio de los cuerpos confluyen en un punto: cada uno de ellos va más allá del recuento de la situación y acciones implicadas para proponer un modo específico de entendimiento del feminicidio. (…) Expresa una determinación política y una dignidad literaria poco frecuentes. Una alternativa lúcida al desamparo y al desdén a favor de la reflexión crítica.”

Sí, los relatos de cada una de las autoras nombran el desamparo. Dan voz y cuenta. Entonces se cuenta. Empieza a contarse esa otra historia, la historia del silencio cómplice que nos atraviesa como sociedad, de frontera a frontera. De cada uno de los relatos puede extraerse una peculiar estadía de silencio. Eso es quizá el punto de encuentro a destacar: ¿Cómo construimos entornos silenciados? ¿Cuáles son no sólo los mecanismos del silencio sino sus expresiones? ¿Cuántos silencios somos capaces de construir?

Ningún silencio es igual ni semejante. Cada silencio es peculiar. Específico. Silencio acompasado. Acompañado. Cómplice. Silencio operante. De lo más individual a lo social. Nos construimos en el cuerpo del silencio. Mujeres y varones. Silencios tormenta. Silencios veneno. Silencios culpígenos. Silencios responsables. Consecuentes. El silencio es caer, caminar por el desierto, como escribe Cristina Rivera Garza: “Es difícil aceptar que uno, en realidad, casi no hace ruido al dar un paso y, luego, otro.” En voz de Orfa Alarcón, el silencio se siente así: “el peor momento de la madrugada es en el que sabes que el ausente ya no volverá”. Quizá, el silencio pueda mirarse a través de la cámara réflex de Abril Posas: “¿Mi madre extrañará esta vida medio quieta, tan cerca de un desierto, en la que su esposo y su hija no aprenderán a platicar entre ellos porque ella, mi madre, era el puente mudo que nos mantenía cerca?” ¿Cómo de-construir el silencio? Dar cuenta de la maquinaria de la silenciación personal y social es, también, alzar la voz. Por ellas. Por nosotras.

De frase en frase, El silencio de los cuerpos es una crónica polifónica dolorida del Cuerpo-País y  una crítica feroz a la ceguera de las autoridades y la sociedad. Conforme avanzan las páginas, quien lee no puede mantenerse al margen.  El silencio cómplimages-1ice entre la sociedad en general, los medios, el Estado resulta plausible e indignante. Página a página se nombra la impunidad institucional. Del poder que da, al perpetrador, saberse impune. Tania Tagle, pone el dedo en la llaga: “En este país hay que disfrazarlo todo de narrativa, sólo la narrativa vende (…) no hay peor amenaza que la certeza de impunidad”.

“Ninguna está segura, pero ocupas ser hija de algún caca grande para que se investigue. No digo que esté mal, digo que no es parejo. Y al final ya a ninguna le sirve lo que se haga. Van a quedarse muertas. La cosa son las vivas, y entre esas vivas yo, que no quiero morirme, ni por mujer, ni por halcón, ni por taxista”, escribe Iris García Cuevas y sus palabras, voz y cuerpo de la protagonista no hacen sino trazar el fangoso sendero del concepto protección. ¿De quién hay que protegernos? ¿A quién hay que proteger? ¿Quién nos protege? Sólo el término protección, podría dar pie a otra profunda reflexión vinculante, no propia de este texto.

Un relato en particular me ha conmovido (en lo más profundo del término), Soñarán en el jardín, de Gabriela Damián Miravete. Su relato es un homenaje a todas aquellas mujeres voz que han hecho Causa, principalmente (dentro de la historia en cuestión) a Marisela Escobedo y a Nuestras Hijas de Regreso a Casa.  Aquellas primeras mujeres que a pesar del dolor o quizá porque cargan con él, no han cejado en el intento de que sean esclarecidos los miles de Feminicidios. Mujeres que, encuentran en ese jardín cierta paz al tiempo que enseñan y educan a una sociedad, que invitan a construir distinto. Un jardín que es memorial, que, dentro del relato, es memoria, recuento, homenaje. Mientras leía, recordaba la intención de generar el Museo de la Memoria del Holocausto, en Alemania, tal y como Gabriela lo plantea.

Entre la posibilidad, la ciencia ficción, el proceso educativo, me parece uno de los relatos que más invita a la memoria, al recuento, a la visibilización. Que permite respirar, al tiempo que genera cuestionamientos (mucho más allá de la viabilidad de tal Jardín), principalmente relacionados con el cansancio, con el hartazgo, con el impulso que tantas voces tienen a pesar de y la necesidad de que no sólo esas voces no guarden silencio sino que sean acompañadas por voces frescas, jóvenes, que no cejen en el impulso de avanzar: “¡Ay, si la vida le diera para terminar el programa que las hará soñar! Pero tanto Marisela como las Argüenderas ya están muy viejas, y aún queda mucho por detallar. Otras más tendrán que terminarlo y arriesgarse a ponerlo en marcha. Durante el día ellas serán siluetas, recuerdos, dirán que están muertas, pero las noches serán suyas. Construirán lo que les quitaron. Soñarán en el jardín con su futuro.” Demoledor.

images-2De pronto, al leer, quisiera detenerme. Cerrar el libro. Guardarlo al fondo del librero. No está ahí, no existe, no está pasando. Pero cerrar el libro, las redes, los periódicos, los ojos, no va a desaparecer la realidad. Y si propicia que nos sigan desapareciendo. Los feminicidios ocurren. Sí, los hashtags #nosestánmatando, #niunamenos, #nosqueremosvivas, son reales. Las desapariciones de mujeres en Jalisco, Morelos, Puebla, Chihuahua, Distrito Federal, Veracruz, Cancún, suceden y negarlas, no ayuda. Revictimizar desde los medios, desde comentarios en redes, tampoco ayuda, fomenta la invisibilización. Dar cuenta, en cambio, sí que aporta a la discusión y la enriquece.

Recordar para no silenciar ni su voz ni su recuerdo. Levantar la voz y gritar el encuentro con las propias carencias, para transformarlas. Nombrar cada uno de los mandatos culpígenas. Ir más allá de la propia narrativa, de las prosas que nos han inoculado en torno al ser mujer. Luchar desde la propia voz, contra el propio desamparo. Saberse Viva, como Marcela, la protagonista del relato de Raquel Castro: “¿Qué tal que Sabina de veras se fue con el novio y se anda dando la gran vida en Estados Unidos?; “Qué bien adiestrada me tiene mi mamá en esto de la culpa, ya ni en mis pensamientos puedo enojarme a gusto”; “¿qué es una vida normal? Yo tenía seis años cuando pasó todo, apenas había empezado la primaria”; “… y sobre todo estoy furiosa conmigo misma porque no he podido hacer nada en todos estos años que no sea  vivir la ausencia de mi hermana”. No creo que exista una experiencia más dolorida, más cruel, que vivir la presencia de la ausencia.

Miradas. Tonos. Narrativas. Del cuerpo social al cuerpo de mujer. El cuerpo de mujer como territorio. Territorio para ser poseído. Vulnerado. Esclavizado. Violentado. Mujer violenta y violentada. Atada. Aterrada. Aterida. Vuelta de tuerca a la violencia. Ésta en territorio de mujer. Por su territorialidad. Mujer que genera y engendra. A otra mujer. Y la desmembra. Descuartizar la condición de mujer. Multiplicidad de cuerpos: Las gallas. El relato que cierra este caleidoscopio narrativo, proviene de la pluma de Susana Iglesias quien construye en su texto, el festín de la violencia. ¿Quién es el perpetrador? ¿Cómo adentrarse a la psique del asesino? ¿Qué y cómo asesina quien empuña un arma? ¿Qué arma es la que empuña? Iglesias traza una cosmología de la violencia que no exime a la mujer. Multiplicidad de voces se encuentran para dar voz a la atrocidad y lo deja claro desde la primera página: “¿y a ti?, ¿qué amor te falta por matar?”. Es ahí, en el planteamiento de esta tesis, paráfrasis de Rukou en Festen (`Todo es ficción. Todo es reconstrucción. ¿Y a ti, qué amor te falta por reconstruir?´) que la también autora de Señorita Vodka (Tusquets, 2013) deconstruye hasta resignificar la dupla amor-violencia; necesidad-amor; víctima-victimario. Su relato, párrafo a párrafo, no sólo cuenta una historia sino que hilvana las once anteriores: “He soñado que un día los muertos matan a los muertos, que un día van a desenterrar a todos mis muertos para volverlos a matar”. ¿Qué se mata cuando se mata? ¿A quién se mata en cada muerte?

Miedo. Muerte. Violencia. Una realidad que nos es cotidiana, desafortunadamente. Narrativas para la reconstrucción del dolor. Narrativas contra la ceguera. Voces que se alzan para que esos cuerpos, mutilados, violentados, desaparecidos, no permanezcan en el silencio. Narrativas que acompañan a las mujeres, a todas ellas, a las que ya no están, a las que no encontramos, a todas ellas que tienen nombre y se ha de nombrarlas, aun cuando para las autoridades no sean o sean un número de expediente. Nombrar. Esa es la gran aportación de El silencio de los cuerpos: Nombra. Y al nombrar, visibiliza.

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