El amor es hambre: “el bosque de mi deseo encarnado”

Ana Clavel pluma en mano. (AB)

Ana Clavel pluma en mano. (AB)

Decía Machado que el primero de nuestros conocimientos es el hambre y yo sostengo que el primero de nuestros placeres también lo es. Hay un asunto pulsional, salvaje que a través de la civilización, la cultura, el arte, hemos buscado sublimar pero es una parte que nos constituye y que de algún modo, no forzosamente, debiéramos creer que es nuestra parte más deleznable; en realidad, es nuestra parte muy vital y en ese sentido, te lleva a abrevar, buscar, reafirmar, el quererte devorar la vida, aun cuando de pronto te puede llevar a lo que le pasa a Artemisa que es el que se quiera aventar al abismo. Yo no  sabía hasta dónde podía llegar. De pronto temí que se me volviera una antropófaga con una sociopatía como la de Hannibal Lecter, pues cuando transgredes ciertos límites no puedes dejar a un lado, sino que ingresas a la patología y te carcome la enfermedad. Yo no sabía que ella iba a valorar tanto la vida y la compañía de los otros.

“Hace poco, me topé con la serie televisiva de Hannibal, es preciosa. Todo lo que pasa, de fondo, es que el personaje está solo y lo que hace es buscar compañía. Por eso, en un momento dado, descubre a este detective que tiene características, una sensibilidad  cercana a lo que puede ser un psicópata y entonces la expectativa de que alguien  lo pueda acompañar en el viaje, le apasiona. Fue ahí, donde me dije “Justamente es lo que Artemisa supo, decidió optar”, transgredir ese límite era quedarse sola en el camino. A mí me pareció sorprendente porque nunca me hubiera imaginado la claridad con la que podría manejarse el personaje, porque no soy yo. Yo voy descubriendo junto con el personaje.

“Siempre hay libros detrás de lo que hago porque me alimento, devoro autores previos al proceso de escritura. Me dejan girando; no me puedo imaginar hasta dónde, porque según yo, no me han tocado. De pronto, cuando estoy ante el atisbo de una nueva historia, me viene la imagen de lo leído. Cuerpo náufrago (Alfaguara, 2005), surge de mis lecturas de Orlando; Las violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007), surge de mis lecturas de Felisberto Hernández; El dibujante de sombras (Alfaguara, 2007) surge de Breve historia de la sombra de Victor I. Stoichita. Ahora, en el caso de El amor es hambre (Alfaguara, 2015) las lecturas evocadas son varias desde Michel de Montaigne en sus Ensayos que, en uno de ellos habla de las costumbres, de cómo ciertos pueblos indios son capaces de devorar a sus muertos porque consideran que el mejor lugar donde pueden permanecer es dentro de sus cuerpos.

Foto de AB

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“Yo no sé en qué momento del proceso escritural me va a salir lo que he leído ni la manera  en que lo he hecho; por ejemplo, en El Bestiario de amor de Jean Rostand nunca se dice la frase textual “el amor es hambre” pero, cuando yo terminé de leerlo, me quedé con esa imagen y una frase: “¡Ah, como le pasa a Artemisa!, ¡Ahora resulta que el amor es hambre!” Y me quedé con esa idea. De hecho, en un primer borrador, hasta puse la frase de Rostand como epígrafe. No fue, sino hasta que decidí que fuese el título de la novela, que consideré que tenía que aclarar en una nota la autoría de la misma. ¡Cuál fue mi sorpresa que me pongo a buscar en el Bestiario y Rostand habla de una apetencia que pareciera ser como el hambre y que lo lleva a uno intercambiar líquidos y materiales  donde uno ya no es el mismo y que eso se podía llamar amor y que le pasa a todos los seres. Es una imagen que está ahí llega. La idea está presente pero la imagen como yo la sinteticé, no está dicha tal cual. Entonces, es también esa parte donde uno como autor se alimenta y ¿qué haces con esa parte, con esos alimentos literarios de la tradición, que de alguna manera, para que valgan la pena, los tienes que transformar un poco desde tu propia perspectiva? Pues digerirlos según tu propia capacidad de asimilación y es desde ahí que nuevamente, volvemos a entrar en los territorios del cuerpo. Para mí esto es inusitado; no es algo que me proponga. Poco a poco me voy dando cuenta de cómo es que tengo articulado un discurso en torno al cuerpo.

“Me acuerdo entonces, de esta imagen de Octavio Paz: esta frase que dice que ‘somos latidos en el río del lenguaje’. Quizá ahí esté el carácter de sobreescritura en torno a mi escritura, como si ésta fuera un tatuaje encima de un cuerpo y lo cierto es que me vengo a dar cuenta que siempre somos eso, siempre estamos abrevando de ese caudal de imágenes verbales que son nuestra literatura, nuestra tradición literaria y que yo por eso lo veo como una cuestión insoslayable, porque uno siempre está dialogando con su tradición lectora, cuando te tomas en serio el trabajo y no es que no exista la originalidad.

“La originalidad está en cómo retomas los elementos de una tradición y cómo uno está dialogando con obras previas. En el caso de éste, mi más reciente novela, lo hago con La Caperucita, Michel de Montaigne, Rostand, todos esos poemas que me permitieron hablar de la seducción y que van desde un John Donne, hasta una Adriana Díaz Enciso, un Eduardo Lizalde y meterlos como elementos en los que el imaginario permite establecer, en el caso de los protagonistas de esta historia: Artemisa y Rodolfo, el presunto lobo, un lenguaje de musicalidades, resonancias que los va abriendo hacia su propio deseo, y a descubrirse y descubrir la enramada que los habita más allá de encasillamientos de quién es el lobo, quién es La Caperucita; quién es el depredador y quién es la víctima, y llegar a esta imagen (que a mí me pareció de las cosas más interesantes de la exploración que me llevó la novela), la frase “en todo corazón habita un bosque”. Para mí todo fue un descubrimiento. Pensé al principio, cuando empecé a escribir el relato, que Artemisa tenía un corazón de lobo; después me di cuenta que, aun cuando en ciertos momentos podía pensarse eso y que incluso ella podía llegar a creerlo, lo que termina encontrando como una reflexión que la enriquece es que más allá de sus esquemas, hay mucha más penumbra de la que queremos imaginar.

Foto AB

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“No se me había ocurrido pensar, por ejemplo, que la metáfora de la Casa de la Cascada, sea la propia interioridad de Artemisa. Se oye sugestivo. Esto podría tener una base pues  más allá de toda la locura, la apetencia, la voracidad y las pulsaciones que te llevan a veces a los límites entre la vida y la muerte, esta es también el deseo de aposentarte en una cabaña en medio del bosque; no fue de una manera deliberada que llegué a la Casa de la Cascada. Buscaba, sí, elementos de casa para abordar este pretexto narrativo de lo que hacían conjuntamente Rodolfo y Artemisa a la hora de construir las maquetas y tener la posibilidad de estos encuentros cercanos y poco a poco furtivos. Empecé a indagar sobre casas, porque de nada te sirven los cuentos, o algunos de los cuentos como Hansel y Gretel, como ¡Ponte, mesita!, Caperucita, si no hay aquel elemento en el que puede uno guarecerse de lo que ocurre en aquel bosque, justamente, una cabaña. Tenía la idea de recrearlo pero no sabía hacia dónde iba a derivar. Cuando descubrí La Casa de la Cascada, de Frank Lloyd Wright, que está enclavada en un medio natural y es una estructura maravillosa, arquitectónicamente límpida y cómo se integra a la piedra, a la cascada misma, cómo aprovecha este arquitecto adaptarla a ese medio ambiente boscoso, me pareció justamente la mezcla de lo que uno intenta hacer, primero con la parte de lo que es tu habitat natural y cómo la parte de lo que vas enseñando tanto a nivel de deseo como a esos límites que te impone la moral; la  idea de ésta, va afinando una imagen que de pronto incluso, se convierte en una obra de arte: es la propia vida en su fugacidad y en su pequeñez que puede convertirse en una  obra de arte.

“El bosque es una polisemia. Artemisa: la diosa de los bosques, de la cacería y la diosa de la viriginidad. Artemisa: el personaje, una suerte de Caperucita que, de ser la historia convencional por lo menos, después de Perrault, de que es la pequeña niña desvalida, sea en realidad la diosa de los bosques, te devuelve otra mirada acerca de lo que realmente es un personaje cuando conserva la pureza de sus instintos; entonces hay una capacidad, una fuerza para resolver y enfrentarse a la vida.

“En un principio, yo me topé con una versión previa a la de Perrault: un especialista llamado Jack Zipes, ha puesto en circulación una variante recogida en el norte de Italia, que al parecer data de antes de Perrault  y en esa otra historia, esa Caperucita no se deja vencer por la adversidad, no necesita de un cazador que la rescate y ella sola con su propio ingenio es capaz de engañar al lobo. No se trata de un asunto de género, sino de un asunto de afirmación de la individualidad y de que cuando confías en tus capacidades y actúas en consecuencia es muy difícil que el lobo te devore.

“Cuando terminé de releer la novela me dí cuenta que el relato te deja hambriento. Y eso para mí, es extraño. No te puedo decir si eso es bueno o malo, no lo sé. Es increíble, sin embargo, que una novela que habla del hambre, no te deje satisfecho sino hambriento. Y eso me parece muy extraño. Yo como autora, te puedo decir  que a mí misma me resulta sorprendente, asombroso. Siempre he creído y lo manifesté claramente desde “Cuerpo naufrago” que uno cuando escribe se pone en manos de sus sombras y uno es como una marioneta. Después me encontré esta frase de Coetzee, en Elizabeth Costello que dice que los escritores somos secretarios de lo invisible. En ese sentido, creo que uno cumple su función, su cometido, cuando dejas que tus fuerzas interiores te manipulen y ahí entra una urdimbre mucho más coherente, más íntima, más concentrada y creo que a mí me rebasó este asunto. Tenía una verdadera sed, voracidad por contar la historia, pero yo sí tenía claro que quería contar una suerte de cuento que estaba retomando un cuento; no me interesaba detenerme en detalles ni atmósferas. Por eso, El amor es hambre tiene también un tono ligero y lúdico. A mí no se me olvidaba que, a final de cuentas estaba escribiendo un cuento de hadas: La polisemia del propio bosque.

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“Plantéandome el asunto del hambre y el acto de devorar y engullir, de pronto salieron a flote, las imágenes y representaciones muy claras de las plantas carnívoras. No sabía exactamente cual iba a ser la profesión Camila (la madre de Artemisa) y Mirna (su madrina y tutora) y se me ocurrió que podrían ser biólogas, planteando en Mirna, esta contraparte de poca cercanía con el marido (Rodolfo), esa inapetencia corporal, pero que a su vez tuviera esta otra vertiente: personas inapetentes sexualmente que desvían su instinto hacia otras modalidades. En ese sentido, fueron cobrando cuerpo, porque en las indagaciones de la escritura, vino esta imagen de que las carnívoras pueden resultar atractivas y repulsivas pues evidencian el deseo de dejarnos devorar y de eso no se habla mucho. Se habla del deseo de comerte al otro, pero no de la pasión y la fascinación de ser engullido. Ahí es una cuestión doble que siempre está presente y que se encuentra en el asunto de Caperucita, en el sentido de cómo este imperativo de los cuentos de hadas (como lo ve Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas), sus historias, pueden ser sangrientas porque no están yéndose hacia un lado aleccionador bobo, están yéndose a una cuestión en la que te ayudan a articular las partes oscuras, tenebrosas de las que estamos dotados como seres vivos y que curiosamente te impelen. En ese sentido, el asunto de devorar, viene acompañado de la otra parte: del placer de dejarse comer, devorar, ser aniquilado y pasar a la fusión. Un poco como si fuera ese instinto oceánico de anularte para fundirte con la gran madre. Esas simbologías están latiendo, detrás de nosotros, porque de pronto tú te encuentras con actos de lo más incongruentes de lo más irracionales y te preguntas, ¿pero, por qué?

“La transgresión del cuerpo también ha estado presente en mi narrativa, las sombras; yo misma me llego a sorprender, por más que crea (o mucha gente crea) que de un libro a otro puedo ser muy diferente, sí encuentro un rizoma articulado que a mí me sorprende mucho porque no es uno que yo me proponga, él se impone y se construye desde una parte más allá de mí.

“De pronto es muy fácil adjudicarles a mujeres como Artemisa un deseo desde el deseo que las desea; desde el deseo que las convierte en objetos de deseo y entonces se da un mecanismo perverso porque le adjudicas una variedad de apetencias que las vuelve un esquema fatal de manipulación. Aquí, a lo largo del relato, lo que sucede e intenté de manera deliberada, es que a la hora de abrir la estructura libidinal de Artemisa desde pequeña ella iba a ir dando cuenta de un deseo innombrado, de un deseo que no obedece a reglas, que no sabe bien por dónde va, que no tiene experiencia previa y entonces se va manifestando de una forma más o menos natural que es la que creo que en realidad cargamos desde que somos muy pequeños, desde la misma apetencia de la constelación del pecho materno porque el conocimiento nos entra por la piel, por el tacto, entonces de pronto manipulamos la información y meterla en esquemas tradicionales, que comúnmente juzgamos como maniqueo, malévolo y lo cierto es que es un terreno indeterminado. Hay una parte en la que Artemisa lo dice: “frente al nacimiento del deseo, somos igualmente puros” esto no quiere decir que yo le reste responsabilidad al adulto, pero de lo que habla Artemisa es que es un territorio menos claro de lo que queremos asignar: o bien inocentes y depredadores o bien, depredadoras e inocentes. No. Es un terreno mucho más minado, de urdimbre boscosa, donde los lugares no son tan claramente asignados y si como lector te quedas con esa sensación de incertidumbre, de que las cosas no son tan claras, entonces, yo siento que Artemisa fue leída por unos ojos que pudieron apreciarla y que pudieron devorarla en el mejor sentido de las palabras.”

Yo soy Ana Clavel y he relatado un poco aquí mis motivaciones en torno a mi más reciente novela El amor es hambre publicada recientemente por editorial Alfaguara y la cual se presentará el próximo jueves 13 de agosto  a las 19:15 horas en la librería Rosario castellanos del FCE. Me acompañarán Lourdes Hernández, ‘la cocinera atrevida’ y el escritor Julio Patán.

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