El río Santa Catarina: Una cicatriz de la ciudad

Un texto a partir de la charla con María de Alva

en torno a su más reciente novela,

Lo que guarda el río, Planeta, 2016

portada_lo-que-guarda-el-rio_maria-de-alva_201603172053El 19 de marzo de 2010, Jorge Mercado y Javier Arredondo, dos alumnos del Instituto Tecnológico de Estudios de Monterrey, campus Monterrey, fueron asesinados por elementos del Ejército Mexicano. De ellos, lo primo que “se supo” es que eran sicarios. Tuvieron que pasar 24 horas, para que los medios y el gobierno, reconocieran que no era verdad. Sin embargo, el daño estaba hecho. La “guerra contra el narco” de Felipe Calderón, Presidente de México en aquél entonces, cobraba dos víctimas más. ¿Por qué murieron? ¿Por qué su re-victimización? ¿Por qué la desinformación, el desprestigio, la inquiria, antes de la investigación?

Ellos sólo habían salido a comer algo. Eran sólo estudiantes. El Norte, era nota. El narco era nota. Los militares eran nota. Roja. Otra vez, el Norte no la pasaba bien.

Tres meses después. Un nuevo acto devastador. Ahora natural. La noche del 29 de junio de 2010, una depresión tropical se transformaba y, hacia las primeras horas del 30 de junio era considerado huracán: Alex le llamaron los meteorólogos, y le adjudicaron como si se tratara de un árbol genealógico, heredero de un Alex anterior, el del 2006. Este segundo huracán Alex, traería consigo uno de los mayores desastres naturales que recordamos en nuestra historia nacional. Monterrey, estaba bajo las aguas. las personas desaparecían, “se las llevaba el río”, morían.

Ellas y ellos, los otros, los nuestros, los mismos, sólo habían salido de donde quiera que se encontraran para llegar con sus personas queridas. Con sus amores. Y se toparon con el río desbordado. El Norte, otra vez, no la pasaba bien, ahora por el huracán. Sin embargo, hace años, más de dos décadas, que el Norte (y muchos más regiones que el Norte del país) no la pasan bien.

Hoy que escribo esto, y apropósito lo hago hoy, es 30 de junio. El reloj marca las 19:00. Para homenajear, a mi modo ( y apenas un instante que ya ha dejado de serlo) dos fechas emblemáticas de Monterrey y que sean, al menos intentan serlo, justo reconocimiento a la más reciente novela de María de Alva (Monterrey, NL, 1969) Lo que guarda el río (Planeta, 2016) la cual, si bien es ficción, tiene como cauce narrativo aquel desborde del río Santa Catarina en el 2010 y como hilo conductor, no sólo el asesinato de Jorge y Javier, sino aquello que ha quedado anegado en la ciudad -y en el país- tras el paso del huracán de la violencia y el cual, quisiéramos en tanto ciudadanas y ciudadanos, que perdiera intensidad y, muy por el contrario, se intensifica con resultados devastadores, como bien sabemos.

jorgeyjavi_Descubro a María de Alva a través de un enlace telefónico. Su voz, cadenciosa, pausada nos permite iniciar una conversación en torno a la situación del país y la importancia de que ésta sea narrada desde lugares ajenos al periodismo diario y su inmediatez. María me comenta: “ La espiral de violencia en que cayó el país, sobre todo en el último sexenio, pone al ciudadano, a todos nosotros en una situación inerme. El ciudadano ha estado muy excluido de este tema en la literatura. Es decir, se ha hecho mucha literatura sobre los narcos, sobre el ejército, sobre la policía y yo no quería escribir una novela negra o una novela de narcos; yo quería escribir una novela sobre personas como tú y como yo que están atrapadas en el caos del país. Para mí eso era importante porque a veces, se pierde de vista a la persona que en realidad somos las mayorías, las masas y sólo son protagonistas unos cuantos”.

Mientras intercambiamos puntos de vista y vamos adentrándonos en la conversación, pareciera que cada uno de sus personajes van haciéndose presentes. Las historias que narra Lo que guarda el río, así como sus protagonistas van integrándose a la conversación, desde sus propias historias: Memo, un joven que vive en su burbuja de comodidad; Elías, un albañil que busca sacar adelante a su mujer y su hija e Isabel, una reportera que ha perdido todo interés no sólo en el periodismo, sino en la vida misma. Cada uno de ellos, entrecruzarán caminos en la fatalidad. Gracias al huracán Alex, coincidirán, paradójicamente, mientras permanezca ese estado de alerta, esos momentos de solidaridad, propios en los desastres naturales y que tiene fecha de caducidad. Pasa la contingencia. Se vuelve a la rutina. Aunque, por trillado que parezca, no quedas indemne, hay quien puede transformarse desde lo personal y hay quien no. También existen las inercias. Sociales. Personales. Comunes y comunitarias: Locales y nacionales. El divisionismo clasista: “Ése era el tema. Mi tema. Quería como protagonistas a tres personas de tres distintas clases sociales y de edades muy disímbolas porque nadie está exento ni del huracán, ni de la violencia. Lo que pasó con Jorge y Javier fue espantoso. He trabajado durante 20 años en el Tec y creo que es el peor momento que hemos vivido en el Tecnológico. Además, como tú recordarás, ellos mueren, pero primero pensaba todo mundo que era gente que estaba involucrada en el crimen organizado, fue un día después que se supo que habían sido estudiantes. Hubo un homenaje para las familias dentro del Tecnológico y ver a los padres, a los familiares de estos muchachos fue conmovedor y terrible. En ellos se replica la tragedia del país”.

“Los alumnos que murieron a las puertas del Tec murieron porque estaban estudiando y decidieron salir a comprar algo de comer. Cruzan la calle, a comprar unos tacos y de regreso, los agarra la balacera. Ir por tacos es lo que todo mundo hace. En este país hay pocas cosas que todos los mexicanos hacemos, porque somos un país muy clasista, pero ir por tacos, todo mundo lo hace. Entonces estos chavos se mueren haciendo la práctica más cotidiana y democratizadora que hay en este país: Ir por unos tacos.Era un absurdo”.

imgresAbsurdo es también, el desencanto que nos atraviesa. La normalización de la violencia. El desborde de ésta. Y del mismo modo que estamos atravesados por lo anterior, a Monterrey, de particular manera, lo atraviesa, además el río Santa Catarina: “Desde el principio, cuando no tenía historia alguna, tenía muy claro que quería al río en ella porque además, éste es un río normalmente feo. No puedes hacer nada en él, se usa como desagüe, no tiene luz, no tiene agua, no tiene bonitas plantas, nada; está seco todo el tiempo, pero cuando hay huracán, se desborda. Con él estamos en el extremo: o está seco y horrible, o está desbordado; por otra  parte, el río divide la ciudad, los municipios, las clases sociales, le pone precio a la tierra; la geografía de la ciudad, las vialidades, están hechas por el río, entonces es como una cicatriz de la ciudad y de lo que pasa en ella. Es nuestro gran protagonista”.

El río que atraviesa un territorio. El cuerpo social, atravesado por las clases sociales. Personajes atravesados por su condición de vida, por sus dudas, sus dolores. Un cauce y una causa: Jorge y Javier. El cotidiano coincidiendo a lo largo de 343 páginas que van llevándonos de la mano hacia la diversidad de una ciudad que bien puede ser el país. Las palabras van atravesándose, también entre nosotros, los lectores. Somos personajes, también, muy pronto.

¿Qué pasaría si, mientras desasolvan, mientras trabajan en limpiar el río, se preguntaba María, aquel 2010, pareciera una fosa clandestina? ¿Qué pasaría si ahorita, estos trabajadores, encontraran cuerpos, entre el lodo? Y no es que no haya ocurrido ya. En el río santa Catarina, relata María, han aparecido cuerpos aventados: Siento, además, dice, “que el río representa la decadencia. Muchas veces las personas hablan de Monterrey como la ciudad de las montañas y eso está muy bien para una tarjeta postal, pero la realidad que vive el ciudadano es la del río. A la montaña te irás a hacer ejercicio o un fin de semana de paseo pero lo cotidiano es el río y que éste, funciona en la novela como una metáfora del país, de una situación de crisis en la que estamos. El río guarda toda este caudal de la tristeza, de la pobreza de la incapacidad de poder ser. De hecho, los intercapítulos de las Iglesias son mujeres que lloran y con esas lágrimas se inunda el río”.

618573_rio-santa-catarinaLas iglesias son el otro territorio de exploración y contraste. Funcionan dentro de la novela como un espacio para dar cuenta de colectividad  y sí de esperanza. Como parte estructural de un Sistema, dentro de la narrativa que plantea María de Alva es cada una de las iglesias, un espacio para el llanto, la búsqueda, el encuentro con el dolor. Es la vertiente polifónica que permite visibilidad el dolor, la desaparición. Son las gotas de esas lágrimas que cada una de las mujeres que a ella asisten las que “nutren el río”. María comenta: “Las iglesias del centro de Monterrey, a diferencia de muchas de las iglesias del centro del país, no son iglesias turísticas, ni visitadas; están deterioradas, sin embargo, son centinelas de la ciudad. Han estado todo el tiempo ahí, son iglesias muy viejas que funcionan como testigo de la desolación. Algunas de ellas son como un tesoro escondido porque están muy deterioradas cuando en realidad eran o son muy hermosas, pero no tenemos esta arquitectura colonial, rica, barroca que hay en el centro del país; nosotros tenemos otra estética con la que no podemos competir, pero tienen esta otra estética desgarradora en ellas. Quería a través de ellas, construir la voz de la ciudad, la voz de la gente que clama por los desaparecidos, por los muertos, es como el torrente del agua, del dolor. Dolor de lo que está sucediendo”.

Salir del periodismo y entrar a la literatura. Salir de la zona de confort y atravesar la geografía de una ciudad desde la palabra, del mismo modo en que la autora atraviesa tres municipios y el río, para trasladarse de su casa al trabajo. Ir y venir de una historia a otra. De un espacio a otro. De una cotidianidad a otra. De personaje a personaje en una estructura aparentemente lineal. Habla Memo. Habla Elías. Habla Isabel. Hablan las mujeres desaparecidas desde un territorio “neutral”. Y, a pesar de convivir, de eventualmente coincidir, los personajes no tienen nada en común. Hablan por sí mismos y muchas veces para sí, tienen si acaso, chispazos solidarios: “Me interesaba mucho que los personajes hablaran por sí mismos y que presentaran diferentes estratos sociales para poner de manifiesto como la sociedad entera está en este luto en el que ya llevamos mucho tiempo”. Luto que se anega hasta el conformismo.

Y la historia, fiel a sí misma, al clasismo que evidencia encuentra opciones de cierre estereotipadas, casi calcomanía de la realidad. Memo, el joven de clase acomodada, es el que mejor se “re-construye”: “le pasa lo mismo  que le pasa a muchos muchachos de clase alta, son educados por sus padres para ocupar un lugar muy determinado dentro de la sociedad. Cuando Memo empieza a cuestionarse, se da cuenta que está siguiendo un tren de vida asignado y eso es lo que lo rompe”; Isabel, parece dejarse llevar por el desencanto. Quizá porque los varones son más jóvenes. Es ella, “la periodista” dentro de la historia quien varias veces se pregunta si es que el periodismo sirve para algo o si el periódico, sólo sirve “para madurar los aguacates para el guacamole”, dice María: “Para mí, este personaje tiene la necesidad de recuperar su juventud a través de un periodismo más asertivo que ha dejado de hacer. Está en la mediana edad con una vida mediocre, un matrimonio mediocre y entonces sabe que está escribiendo notas pero se cuestiona el para qué de ellas, dónde van a acabar éstas o para qué van a servir. En un punto, se pregunta sí está “buscando la nota” o si realmente quiere hacer una contribución. En realidad, como muchas personas, ella pierde el compromiso social sobre todo hacia el final de la novela”.

¿Será que a veces, la realidad es tan avasalladora que dejamos de leerla? Y tan nos equivocamos en leerla o equivocamos las lecturas que ante la realidad de Elías, el joven albañil, queda la sensación de resignación, de un mecanismo compulsivo y repetitivo en el que pareciera que son “los pobres” los que no tienen ninguna posibilidad. Para ellos, la “vuelta de tuerca” es imposible, “ hasta en la literatura”. Yo me pregunto, ¿hasta cuando?

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