Invisibilización e individuación, los grandes errores

Los días transcurren. Ahora mismo, mientras el reloj sigue su ritmo, sucede el día 26. Veintiséis  días con sus correspondientes noches sin saber qué pasó “realmente” en el departamento 401 de Luz Saviñón 1909, espacio en el que asesinaron a Mile, Nadia, Olivia Alejandra, Rubén y Yesenia. En estricto orden alfabético. Cinco personas. Cinco historias. Cinco vidas. Asesinadas a mansalva. De un tirón.

Foto:AB

2 de agosto 2015. Foto:AB

A mí, cada día de su otra historia, esa historia dolorida relacionada con su fallecimiento que se han empeñado en filtrarnos, tergiversarnos, mal narrarnos desde el primer instante en que los medios la dieron a conocer, es decir, hacia la madrugada del 01 de agosto (en redes sociales), no ha dejado de sorprenderme ni de indignarme. De hecho, cada día, ante cada nota sin importar de dónde surja ni en qué medio se publique me indigno un poco más pues no hay perfil póstumo que sustituya una vida por vivirse. Como el colectivo colombiano lo cantaba a modo de consigna hace un par de domingos: “Un minuto de silencio no vale una vida de lucha”. Y cada una, cada uno, luchaba a su modo, desde su historia y se construía, desde sus herramientas su  posible mañana. Hasta que les fue truncado. Arrebatado. La indignación en mi caso es directamente proporcional, también, a esos perfiles, unos con más melcocha que otros, a partir del relato breve de lo que “supuestamente fue su historia de vida”, al menos su historia más reciente. E incluso en estos, el manejo del lenguaje es deficiente, victimista, dolorido y mediático. Hecho a modo. Para “vender”. También y desde otras aristas, invisibilatorio, degradante, incluso indulgente.

Y sucede que desde ahí, desde hace varios días, sólo desde ahí es desde donde puedo escribir: desde la indignación, no sin dejar de preguntarme, a cada frase, ¿a quién le importa mi indignación? ¿A quién le importa que alce la voz? Quizá a muy pocas personas. O a muchísimas. O a sólo una. O a ninguna. Quizá sean miles y miles de personas igual, mayor o menormente indignadas que yo pero nos hemos perdido (y me incluyo) en las anécdotas. En lo “detectable”, en la inquiria. Quizá es que nos sobran (y a veces nos faltan) presuntos culpables y nos faltan u olvidamos hablar de los responsables. Quizá y sólo quizá, lo que nos falta, desde cada uno de nosotros, es precisamente, hacernos responsables. Primero de nosotros mismos, después de los demás. Entonces quizá (y la repetición del quizá es voluntario) seamos capaces de mirar a la sociedad y responsabilizarnos como parte de la misma y motivar las corresponsabilidades. Quizá. Quizá no.

Y es que no estoy por la labor del señalamiento, sino por la del análisis. Porque señalar, es de lo más sencillo, sobre todo, desde la comodidad de mi casa, frente a la computadora. Y también, sería el acto más irresponsable, al menos a mi parecer. No me siento a escribir una, dos o diez líneas para desentrañar un “misterio” o desvelar una biografía atravesada por hechos recientes, por la herida abierta, por la voz dolorida de quienes les fueran cercanos. Tampoco estoy para determinar quien jaló el gatillo o dio el primer golpe.. Tampoco me importa (al menos no como se supone que “debe” importarme) quién lo ordenó en tanto persona o institución. No soy político, criminóloga ni perito ni abogada. Mucho menos juez. Tampoco formo parte de ningún colectivo ni pertenezco a ningún gremio. Mucho menos me interesa atar “cabos sueltos” ni jugarle al Columbo, al Monk, al Sherlock ni sentir que soy Grissom u Olivia Benson. Paradójico y digno de análisis, también las referencias a detectives de series televisivas, en su mayoría estadunidenses. Dramas que muestran apenas una parte del mundo y que como toda ficción (por mucha realidad que contengan) no son sino alteridades, entendiendo alteridad como esa condición de ser otro.

Foto:AB

 #Yotenombro Foto:AB

Es ahí, en la alteridad, en la posibilidad de esa condición y posibilidad de otredad, donde me es posible colocarme. Ellas: Mile, Nadia, Olivia Alejandra y Yesenia. Él: Rubén. Son cinco otros que como miles de personas en este país, estuvieron y hoy no están dentro de su cotidianidad pero siguen estando en la mía. Así, en gerundio. Porque no son cinco personas solamente. Es el recuerdo constante de que en este país, a diario, estamos en riesgo. Es la evidencia de la fragilidad de la vida. Las cifras más o menos cuantificadas (dada la dificultad de dar seguimiento a todos los casos) de feminicidios en el país del año 2000 a la fecha, son alarmantes. Miles de mujeres han sido asesinadas. Cada una de esas mujeres es una historia. La miremos o no. La nombremos o no. La visibilicemos o no. En los últimos cuatro años, los porcentajes se “disparan”. Y en los mismos años, el caso de periodistas asesinados o desaparecidos, no es menor: 84 comunicadores, según registros. Mismos que, seguramente, tienen la misma suerte de invisibilización. Como país, el maquillaje de cifras es deporte nacional. Pero ningún caso es menor y los datos por duros que sean, resultan blandos ante el escenario que tenemos y alcanzamos a vislumbrar. Seguramente, las cifras, si no se maquillaran, ocultaran o se documentaran en un afán de saber y nombrar, serían mayores. Cada una de esas muertes se queda aquí, en tierra, acompañándose de la impunidad.  No se van. No deberían irse, sobre todo de nuestra memoria personal y colectiva; todas aquellas y todos aquellos que ya no están o los que no sabemos (y quizá nunca sabremos) dónde están porque no se fueron a voluntad. Los asesinaron. Les quitaron el bien máximo al que un ser tiene derecho: la vida. ¿Por qué? Entre por qués me he perdido. Y tampoco creo que me importe. Atrás de un por qué, siempre, nos convenza o no, habrá razón o sinrazón pero existirá una posible respuesta. Sin embargo, si nos preguntamos ¿para qué?, las respuestas no llegarán a nosotros con la misma facilidad. ¿Para qué las asesinaron? ¿Para qué lo asesinaron? No hay por qué que valga. Ni para qué justificatorio. Los cómo, los cuándo, y los dónde, cobran relevancia en tanto dan cuenta de otros factores socio-políticos para que otras personas, más especializadas, den en el clavo, o no. Porque nos encanta no decir, no nombrar, y aunque nos enoje repetir y filtrar o denostar, lo hacemos. Sea cual sea nuestro espacio. Lo aceptemos o no, terminamos discutiendo en redes, en cafés, en la sobremesa sobre el cómo nos molesta un dato no confirmado, una filtración, una revelación, pero pocas veces hablamos de qué estamos haciendo al respecto o del cómo asumimos que no estamos haciendo nada ni en lo particular ni en lo social. Y entonces se revela ante nosotros, “la propia versión”. Y de propias versiones se encabalgan y reproducen una serie de co-relatos y diversifican narrativas que reproducen estereotipos, conductas, actitudes que mantienen anquilosado este país.

El poder del discurso abstracto

Retrocedamos el reloj 26  días atrás. ¿Dónde estaba usted el 31 de julio a las 2:13 de la tarde? Piense en su sábado 1 de agosto, por la tarde y su interconectividad. Según las estadísticas, seguramente estaba usted realizando cualquier actividad pero ésta no íntimamente con relacionada con el “conectarse”. Los fines de semana, son los de menos flujo en la red, salvo que se dedique usted a ello o le vaya la vida en estar en línea. Suceda lo que suceda en este país y en el mundo, apenas “y echará un ojo” a ello. Quizá “favoriteé” algo o “posteé” con el único interés de “revisarlo después”. Llegó el domingo 2 de agosto y la “noticia” del “Asesinato de Rubén Espinosa”, fotoperiodista autoexiliado en el DF procedente de Veracruz seguro apareció en su Timeline. Para cuando usted cayó en la cuenta de lo ocurrido, ya esta “noticia” (suponiendo que se haya conectado a la red a eso de las 10 de la mañana, y tal vez con un café en la mano) empezaba a virilizarse con muy pocos datos y demasiados supuestos. El enojo del gremio ante el “otro más”, y más aún que dicho joven viniera huyendo de Veracruz y del gobierno de Duarte, “obligaba” a poner especial atención.  Poco o casi nada sabíamos. El boletín de la PGJDF era no sólo escueto, sino de origen, absurdo, discriminatorio, el texto perfecto para facilitar la invención y la creación de un sinnúmero de narrativas que polarizaran desde el primer instante no sólo a los medios, sino a la sociedad en general. Hacia el mediodía, teníamos, la sociedad en general, un poco más de información en torno a Nadia, “activista” (y también proveniente de Veracruz, por las mismas razones que Rubén) y de Yesenia Quiroz. El escenario estaba puesto. ¡Ah, sí, y también había otras dos mujeres “aún sin identificar” lo cual debe traducirse como “sin nombrar” porque estaban ya, hacia el medio día, etiquetadas por el propio sistema de justicia del gobierno local. Y desde ese instante, el del primer boletín oficial, ya se habían violado varias normatividades en cuanto a los protocolos desarrollados para dichos casos (insisto no soy jurista, es de otros hacer el análisis del discurso desde esas instancias).

Voluntaria o involuntariamente (cada quien saque sus conclusiones o invente sus versiones) las inferencias, las dudas, el coraje atenazado con el dolor de la pérdida empezaron a enredarse, a generar un idilio malavenido de origen. ¿Qué estaba pasando, desde dónde nos estábamos relacionando con “el hecho”? ¿Cómo nos tocaba, desde la particularidad, tanta saña?

En un primer instante poco sabíamos de la saña, de la rabia, de las formas en que cinco personas, apenas 48 horas antes habían sido ultimadas, sin embargo, muy pronto la movilización comenzó y poco a poco, nos reuníamos en el Ángel de la Independencia.

Foto: AB

Foto: AB

Ese domingo 2 de agosto, no éramos pocas personas. También, y hay que decirlo, muchos de los reunidos éramos aquellos que comúnmente nos encontramos en las calles, en las marchas, en las concentraciones, para contribuir a la visibilización, para dar cuenta del hartazgo y casi siempre es a tono personal, salvo quienes asisten, también, porque es su trabajo. Las preguntas y el desasosiego se fundían. Entre el dolor y la indignación observé a muchos amigos con lágrimas en los ojos, con el rostro contrito, con el enojo contenido. Apenas un par de horas antes, en ese mismo espacio, cientos de personas veían circular Ferraris y hacían, de ese círculo un autódromo. Unas horas antes, la gente concentrada ahí, se divertía. Ahora nosotros, indignados, dolidos, frustrados, nos acompañábamos en el hartazgo. Y también, algunas voces ya sentenciaban: “Fue el Estado”,“Fuera Duarte”, “Nos van a volver a ver la cara, aunque no nos la ven. Nada va a pasar. Pero no nos van a callar”. “Digan lo que digan, no les vamos a creer”.

De pronto me topé con MTP y me dijo: “Me preguntaba por qué no trajeron un cartelito o algo. Bueno yo tampoco traigo uno”. “Ni yo”. Respondí. Ahí quedó. ¿Trescientas, cuatrocientas personas? Tal vez sí fuéramos 400 personas en aquel momento. Del Ángel, la concentración se movió, en grupo, en marcha hacia la representación del gobierno de Veracruz con la consigna de “exigibilidad de justicia”.

Me quedé con lo “del cartelito” en la cabeza. Girando, al tiempo que giraba la información, las actualizaciones, las consignas. Comenzaban a escribirse textos a vuelapluma, sin el menor respeto por el hecho, las personas, la sociedad.

Llegué a casa muy molesta. Principalmente porque no distinguía qué de este caso me indignaba. “¿Mismas consignas, mismas acciones, mismas reacciones; un caso más; la migración de la violencia al DF como síntoma de un mal mayor; una amenaza; un mensaje, una advertencia?” “¿Qué carajos estaba pasando esta vez, que a mí me daba por tratar de pensarla distinto? ¿Por qué este caso y no otro?” Eran y son demasiadas preguntas para las inasequibles respuestas, en apariencia.

El insomnio no tardó en llegar pero con él también, el silencio de la nocturnidad, la posibilidad de pensar en calma mientras los demás duermen. Revisé con más detalle las redes sociales, el archivo fotográfico de horas antes, ahora en mi computadora; las pequeñas notas y “actualizaciones de información” que se reproducían una y otra vez. Y, ese análisis que muchas veces nos “da flojera” en mí puede transformarse en obsesión, sobre todo si quiero “llegar a algo”, algo que me dé personalísimamente,  cierto margen de acción y entendimiento, algo de posibilidad, de verosimilitud y congruencia. Sólo quería tratar de entender.

Domingo y lunes se fusionaban. Los tonos del amanecer comenzaban a iluminar mi ventana. “¿Por qué están haciendo lo que están haciendo?” Y dentro de mi terrible construcción gramatical anterior, encontré esa línea desgastada, frágil, dúctil entre información y contenido; entre lenguaje y parrafada. “La prisa por ganar a coste de los otros”. Me vi sentada en una banca en las aulas universitarias hace ya unos ayeres y escuchaba, en mi interior, a uno de mis profesores: “Jóvenes no importa qué les pidan escribir: una nota o una editorial; una crónica o un reportaje, pero por favor, respeto por la información, cuiden el lenguaje y sobre todo, cuando escriban, cuando pongan el punto final, cerciórense que lo que están entregando a su editor siga la regla `sin daños a terceros´.” ¿Sin daños a terceros?, me cuestioné en voz alta. De entrada, las parrafadas que comienzan a escribirse ya dañan, en primera instancia, a las víctimas del multifemi-homicidio. ¡Eureka!

Ya era lunes. La mañana fresca traía consigo sino lucidez, al menos un punto de partida. “A”, uno de mis contactos en Facebook escribió: “Si no las van a nombrar, yo las voy a nombrar. Quiero saber quiénes son #Lasvamosanombrar”.

Me apropié del #Lasvamosanombrar. Busqué el #hashtag en twiter y apenas y tenía visibilidad. Apenas y se mencionaba mientras los posts no cejaban en torno a Rubén y Nadia, en menor rango Yesenia y en torno a Alejandra y Mile, seguían siendo “las otras dos mujeres”.

Visibilidad, abstracción, construcción del discurso, manipulación, fueron los conceptos que empezaron a agolparse en mi mente. En cascada, escurrían definiciones, posibilidades, imposibilidades desde el mismo magma que escupía el volcán de la furia del gremio periodístico. Cada sector de la población, ya tenía, para el lunes al medio día, no sólo su propia versión de los hechos sino sus respectivos calificativos, su propia investigación, su postura y su sentencia: el olvido. Contra los más optimistas, lejos estaba el mencionado multifemi-homicidio de ser un “Caso emblemático” más. No iba a ser referencia, no iba a movilizar a las masas. El escenario construido lo debilitaba aún antes de surgir, desde el lenguaje mismo. Desde su condición de abstracción lingüística.

Me gustaría entonces detenerme en este concepto de abstracción lingüística. Cuando se habla o se escribe a partir de palabras abstractas, se apuesta por la elaboración mental que el oyente o lector hará de éstas. Es decir, el receptor construye el discurso en su cabeza a partir de experiencias, conocimientos y vivencias personales, lo cual le permite representar la idea para sí.

Así, los medios, oficialistas o no, reprodujeron en menos de 24 horas, términos abstractos pero por demás introyectados en la sociedad: “fotoperiodista, soltero”; “activista y promotora cultural, soltera”; “maquillista y estudiante de belleza, soltera”; “trabajadora doméstica, separada”; “por confirmar actividad, soltera, colombiana”.  Etiquetar es abstraer. Etiquetar es proponerle al receptor una imagen. Es abstraerlo, también. Redirigirlo y focalizarlo, imponiéndole una forma de construcción por encima de su capacidad de análisis del discurso.

Lo que a partir de aquel 3 de agosto estaba puesto sobre la mesa, era un balance de “buenos y malos”, estaba en juego la “ética social” y el “valor de una profesión sobre otra”, ¡qué te importan sus nombres sociedad, recurre a las referencias personales: ¿qué opinas de una maquillista, de una trabajadora doméstica, de una activista, de un fotoperiodista, de una colombiana de la que se ignora su actividad?!  “ A ver, sociedad, tú, binaria como eres, discriminatoria, xenofóbica, clasista, construida en una sociedad hetero-patriarcal, decide, ¿quién merecía morir y quién no?, ¡con esas profesiones! ¡Date cuenta, se lo buscaron!”, y las respuestas que demos a ese mensaje abstracto dependerán, desde luego de nuestra condición y papel dentro de la sociedad. Reconocer los mecanismos del discurso abstracto, identificar los mecanismos a través de los cuales se manifiesta para después manipularse un mensaje es una tarea ardua que implica, también, formas de construcción social que no permitan ni fomenten la invisibilización, que insisto, de manera originaria, se dio, en este caso en particular, desde el lenguaje y desde la construcción de un discurso oficial pues surge a partir y desde, en primera instancia de los boletines de la PGJDF.

Los medios, la mayoría de ellos, oficialistas, digitales e incluso uno que otro independiente, “se las compró”. Olvidó la premisa “información es contenido” y perdió no sólo en su exigencia de justicia para con el gremio, perdió la posibilidad de construir un discurso que facilitara herramientas, que permeara en la sociedad y la invitara a la complicidad, a la empatía, a la solidaridad, no sólo con el gremio, sino con la comunidad. “Seamos uno, seamos comunidad” “Exijamos justicia”. ¿Cómo hacerlo si desde los medios mismos se construyen verdades legales, se priorizan agendas, se visibiliza desde el punto de vista ya sesgado en donde se pone al frente a una sola persona sobre las otras cuatro personas masacradas?

Es cierto y no pretendo demeritar, el hecho de que, precisamente porque existían razones vinculadas a sus actividades profesionales, se puso y se ha puesto especial atención en las figuras de Nadia y Rubén son ellos quienes han sido (erróneamente, me parece) bandera y causa. Sin embargo, a partir de esta sobreexposición, generaron también, un efecto reflejo no planeado en desprestigio de la propia justicia incluso, de sus propios colegas.

Imagen creada para fines del artículo.

Imagen creada para fines del artículo.

La línea que divide el discurso abstracto del discurso vacío es tenue, casi imperceptible. Aquello que el domingo era dolor, enojo, y hartazgo sin mayor consenso para el lunes en la noche y martes 4 de agosto en la mañana ya era desidia, hartazgo, molestia de la propia sociedad hacia el caso por el cúmulo de sinrazones, por el exceso de filtraciones, por la confusión de una nota a otra, por el poco cuidado en la redacción de la escueta información que se tenía. Una actualización tras otra. Una confusión tras otra. Un encabezado amarillista versus un contenido incoherente. “Bernabé le dio a Burundanga, Burundanga le dio a Bernabé”. Al final del día, ya no sabías quién era quien. Los medios, la mayoría de ellos,  se comieron a sí mismos. No trabajaron en equipo e invisibilizaron, también, su propia exigencia de justicia: “Entre todos la mataron (la exigibilidad de justicia, de información, la exigibilidad de claridad) y solita se murió (se agotó, dejó de importar) y es así como se apaga todo intento de credibilidad. ¿Y ahora, quién dice la verdad? Ni Bernabé ni Burundanga, eso seguro. Quizá un otro, un alguien o un nadie. Quizá Nadie en lo más amplio del término, porque lo que construyeron fue una masacre de cinco Nadies que se suma al recuento de miles de nadies que mueren en este país y que van haciéndose humo de la mano de la impunidad y la complicidad, voluntaria o involuntariamente, insisto en esa compleja y a ratos indescifrable dupla Estado-Medios, más allá de colectivos solidarios, de sociedad civil harta, de escasos “medios alternativos” tratando de explicar- explicarse qué está pasando en nuestro país.

Cuando hablo de discurso vacío, hablo de articulaciones inoperantes, de construcciones sin sustento que imposibilitan el desarrollo de una línea argumentativa. El discurso vacío transforma el mensaje desde el sí mismo y no comunica no permite la interpelación y el diálogo sino que reformula a partir de apreciaciones y altera así el sistema propio del lenguaje. Así, en lugar de construir, de construye y no necesariamente para el bien de la comunicación.

Una desmovilización anunciada

Cuatro de agosto y todo confuso. Un nombre diseminado al arbitrio. Móviles inverosímiles. Videos increíbles. No me detendré en anécdotas por la mayoría de nosotros conocidos. Algo en el discurso parecía estar medianamente claro: mientras los medios destejían la maraña de filtraciones y trataban de descifrar identidades, el multifemihomicidio iba difuminándose. Mientras la sociedad exigía nombres, esclarecimiento del crimen, declaraciones, congruencia, el gobierno continuaba su estrategia silenciosa. Si algo han aprendido las autoridades de este país, desde los municipios hasta la Presidencia es la manipulación del grito del silencio. Los silencios también hablan, creo firmemente en ello. A veces, su tono es estruendo y, aun así, lo ignoramos. Y en los silencios peligra no sólo la memoria sino la voluntad. En su pozo, en su profunda transparencia se anidan y encumbran las atrocidades.

Movilizarse sin estrategias de acción no es visibilizar. Tuitear no es posicionar. Postear, repostear y comentar el comentario del post no es compromiso social. Intentar “virilizar” una acción trae consigo estrategias de comunicación, análisis y justamente intención”. Decir sin saber qué se quiere decir, genera el efecto contrario en el mensaje. Argumentar, planear acciones, generar consensos, trabajar en conjunto sí lo es y, el manejo mediático fue tan enredado como su socialización.

Muy pronto, algunos colectivos empezaron a crear acciones: muestras de cine, conferencias, charlas. Los medios internacionales daban “visibilidad mediática” y si entrecomillo el término anterior es porque, a pesar de los efectos que puede tener o no (habría que medirlo de manera exhaustiva y desarrollar una estrategia de monitoreo con objetivos específicos) en la sociedad, no pocos sucumbieron a la tentación de un encabezado incendiario contra contenidos por demás conocidos, mal redactados, imprecisos. El “impacto” esperado, estuvo rodeado, constantemente por la bruma de la sospecha, la filtración y la desinformación.

Conforme los días avanzaban, ya no sólo se atacaba a las instituciones vinculadas a la investigación, sino que la “exigibilidad de justicia” surgía de distintos colectivos y asociaciones. Los actos planeados, tenían errores al nombrar a las víctimas, la preponderancia de uno sobre otro (y cabría decir de uno sobre otra) empezaba a enfurecer, las imágenes en redes sociales no coincidían, las fotos “filtradas” de las víctimas circulaban generando más morbo que interés, más rabia y dolor que interés. Y entonces, una lucha de medios contra medios. Señalamientos de medios contra medios. Él filtra. Ellos mienten. Ése es un vendido. Éste es aliado. Éste es independiente. En medio de todo aquello, cada colectivo, cada interés, cada agenda, veía por su propio interés y agenda.

Para la concentración en el Hemiciclo a Juárez, convocada para el 8 de agosto, una semana después que aquella primera en el Ángel de la Independencia, la presencia de la sociedad civil era magra. Ante el alud de desinformación, algunos colectivos se hicieron presentes, otros se posicionaron. De aquellas 400 personas congregadas apenas ocho días antes, la población se había reducido a la mitad, siendo amables. Y aún así, mientras las pancartas pedían visibilización y justicia para “lxs5”, el foco seguía (y seguirá, no nos engañemos) puesto en Rubén y Nadia, seguía en prioridad Mile, porque incluso el colectivo “Me muevo por Colombia” distribuyó, ese día, una foto con el rostro real de Mile Virginia Martín, pidiéndole a los medios que dejaran de circular las falsas (otro “error” en el que no me detendré por ser de dominio público y el cual amerita análisis aparte y ya hay personas que se han encargado de ello, en diversos espacios) imágenes de su rostro. Olivia Alejandra tuvo en aquella ocasión mayor visibilidad y en menor importancia, casi borrada, Yesenia. ¿Qué estaba pasando?

Imagen creada para fines del artículo

       Imagen creada para fines del artículo

Desmovilización. Desintegración. División de posturas e intereses. Eso estaba ocurriendo. De una manera veloz y atroz, aunque genere rima interna, que ésta no es menor a la capacidad de desarticulación del discurso que se logró en ocho días. ¿Por qué? Principalmente por incapacidad de generar sinergia, entiéndase por esto la definición básica de la propia RAE: “Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales”.

Esta vez, las individualidades no sumaron. Prefirieron ser individualidades. Y perdieron. Perdimos. Perdimos como sociedad. Fallamos, ¡vaya que fallamos! ¿En dónde? ¿Cómo lo logramos, tan pronto? La respuesta es sencilla desde el análisis básico, pro compleja desde su implementación aquí algunas deficiencias comunicativas:

1. Se jugó, sin querer, el juego de las autoridades y la exigibilidad de justicia no inició desde la exigibilidad de información confiable.Y si se exigió y no se generó. ¿Por qué publicaron? 

2. Si se buscaba justicia, si el gremio estaba dolido, herido, harto, porqué los medios mismos, no exigieron justicia desde sus medios. ¿No hay un solo editor ‘valiente’, ‘comprometido’? Me sé hasta el hartazgo el discurso de la publicidad, de la supervivencia de los medios por las ventas a gobierno, pero ¿No tienen los celulares los dueños de los medios, de todos los dueños de los medios? ¿Los editores de todos los editores? ¿Y si lo hubiesen hecho, en acción coordinada, TODOS los medios, o al menos, muchos de ellos? Me parece que esa y no otra, hubiese sido una “verdadera” acción performativa, pero no. No ocurrió. Tristemente.

3. Las redes de amigos, colegas, activistas, mujeres, feministas, periodistas, colectivos y sociedad civil generaron, en sólo ocho días 17 #hashtags. Sí, ¡17! Así no hay acción afirmativa mucho menos prerrogativa que se sostenga, mucho menos se logra visibilización y ya no hablemos de lograr ser TT (Trending topic). Una vez más esto fue producto de un afán individual que lo que provocó fue invisibilización.

Ese ha sido el panorama. A grandes rasgos. Me parece que se erraron las maneras de articulación social y discursiva. Mucho podría ahondarse en torno al lenguaje y sus efectos. Mostrar a partir de un monitoreo detallado, error tras error. No estoy, tampoco, por esa labor. Me duele lo que está ocurriendo en mi país. No pinta mejor para las siguientes horas.

Desdibujadxs

Insistíamos. Algunas personas, aún insistíamos en tratar de ser sociedad, colectivo. Algunas personas, todavía creíamos en acompañarnos: “Acción Global #Justiciaparalxs5 #JusticiaparaRubén” 12:00 horas, 15 de agosto. Una vez más, en el Ángel de la Independencia para marchar hacia la PGJDF.

Llegamos puntuales a la cita. Con nuestro “cartelito” y con nuestras playeras igualitas al cartelito. Eramos una multitud: dos personas, fieles a mi #Lxsvamosanombrar, apropiadísimas de él, convencidas, tratando de hacer, aunque sólo lo hiciéramos dos personas. Ahí nos encontramos con Gaby, una periodista independiente estadunidense que con un cartón se hizo su cartelito de “Justicia” y, la gente comenzó a llegar. Pocas. Muy poquitas. Domingo 15 de agosto, 12 del día. Y aquellas 400 personas del 02 de agosto se habían desdibujado, no estaban ahí. De a poco, fuimos sumando, de muy de a poquito. Hubo quién habló de “desmovilización” y su fuente era el Facebook, uno que sólo había visto ella. Otros, querían ver al Padre Solalinde (si hubieran visto el video convocante, bien habrían sabido que él invitaba, que jamás dijo que asistiría) y como no llegó, se fueron.

Tristemente, no éramos ni 150 personas. De éstas, 100 eran periodistas y las demás, integrantes del colectivo “Me muevo por Colombia”, el padre de Católicas por el Derecho a Decidir quien llevaba su cartel de “Catolicadas” con la leyenda “No a los feminicidios” y sociedad civil. “Los mismos 120 de siempre”, pensé y me dio mucha tristeza. “En una ciudad como el Distrito Federal, en donde según datos del INEGI habitamos 8,851,080 de personas, 120 salimos a marchar para que no nos maten, para exigir justicia, increíble, desolador, frustrante”, pensé y grité a rabiar, mientras caminábamos hacia la PGJDF y créanme que no hay lugar que odie más que la PGJDF y llegué hasta la puerta, hasta esa horrenda puerta y creo que grité justicia como no lo había gritado en toda mi vida.

¿Será la firma del deshaucio?

Afiche invitación a movilización

Afiche invitación a movilización

Mientras escribo estas líneas, observo el nuevo cartel que invita a una concentración. Será el sábado 29 de agosto a las 18:00 horas en la Estela de luz, convoca #JU5STICIA  (Un nuevo hashtag para la colección) YOSOY132 “Nadia Vera iluminas esta oscuridad” ¿Y las otras cuatro personas? Insisto estamos aferrados a las individualidades.

Yo por mi parte, asistiré. Una vez más. No me cansaré de nombrarlxs. En particular a Mile, Nadia, Olivia Alejandra, Rubén y Nadia. En general a las miles de mujeres asesinadas desde el año 2000. A los casi 100 periodistas. A los 43 jóvenes de Ayotzinapa, a lxs 49 niñxs de la Guardería ABC. A los 72 migrantes de San Fernando.

Yo, yo voy a volver a salir a la calle con mi cartelito, por ellos y por mí; por mi familia, por mi país. ¿Y tú?

Deja un comentario