“Que perder sea encontrar”

Por Adriana Bernal

Sabater, Veitez Paulina (Suma de letras, 2017).

Helena: Cuando el pasado ya no pesa, el hoy es para siempre

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Helena PortadaHace días que una frase me persigue igual de día que de noche. Mientras bebo café o cuando fumo el último cigarrillo de la noche. Hay frases así, que se te quedan. Aunque quieras no verbalizarlas, se te aparecen, constantemente en el cotidiano a sabiendas de que no te pertenecen. Incluso ahora, mientras pienso en el párrafo inicial (mismo que he borrado una y otra vez) me digo casi susurrando: “Ya no me quiero perder la vida, escribiéndola. Quiero sentirla y experimentarla a flor de piel”.

¿Por qué se ha anidado en mí, esa frase y no otra? ¿Por qué? Y quizá sólo sea que no hay, en el inmediato, una respuesta. O una sola manera de responder. Hay instantes. De lectura. De escritura. De lectura de la escritura. De escritura de la vida; de su lectura. Sea quizá que, como dicen por ahí, “si una novela tiene al menos una frase que puedes recordar, la historia habrá ganado”. Y me parece también, la salida fácil, no por ello cargada de cierta verosimilitud, pues recuerdo, en este caso, mucho más de una frase, además de que gozo profundamente, subrayando los libros, por si mi memoria falla. Más aún si de óperas prima se trata.

La ópera prima en particular, tiene un doble riesgo. Para el lector y para el escritor; ambos se avientan al abismo, cómplices per sé. Se dan una oportunidad. No se conocen, pero desean encontrarse y quizá reconocerse. Eso sólo las páginas de su historia compartida lo dirán. En la página diez o en el punto final. También pueden perderse. Dejarse. Olvidarse. Nunca encontrarse. Sin embargo, entregarse a la posibilidad, asumir los riesgos que ésta conlleva, siempre vale la pena: “Partir de un lugar para descubrir otro. Tener que dejar para llegar. Realizar el acto físico de viajar para asumir que también se viaja internamente, incesantemente, con duración no determinada más que por el tiempo en que estemos aquí, vivos, volando, aterrizando, llegando.”

A mí en tanto lectora, me gusta asumir esos riesgos, no así otros del cotidiano. Si el encuentro se da no puedo sino celebrarlo. Tal es el caso de “Helena: Cuando el pasado ya no pesa, el hoy es para siempre” (Suma de letras, 2017) de Paulina Veitez Sabater, una novela en tres actos y un interludio que narra el presente de Helena Artigas, una mujer casada, con un tipo insoportable, Lucio y  tres hijos adolescentes (Grecia, Alejandro y Homero)  que se instalará seis meses en Madrid para concluir su Doctorado. Éste es el punto de partida y, después de él, todo será iniciático, incluido, para las y los lectores, el descubrir, de a poco, el pasado de Helena, ése que ella nos dejará entrever.

¿Qué implica para Helena, para cualquier madre, esposa, en tanto mexicana, por “privilegiada” que sea, dejar el hogar, la casa, a lo largo de seis meses? ¿Cómo sucede, qué mecanismos deben, pueden engranar para que una mujer pueda Ser lo que siempre ha querido Ser y Hacer? ¿Qué se juega, personalísimamente Helena Artigas? ¿Por qué justo ahora a sus 45 años, es que toma esta decisión y no antes? ¿O después? ¿Cuándo es “el tiempo preciso” de Helena? ¿Cuándo es el tiempo preciso, de alguien?

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Paulina Veitez. Foto: Cortesía de la autora

Sin embargo, lo que pareciera en las primeras páginas ser un viaje de reencuentro consigo misma, de re-afirmación, un corte de caja, muy pronto se sabe que no será así. La propia Helena lo escribe: “Procuré que la despedida no tuviera el cariz de huida que realmente tiene (…) Viene a mí un hasta pronto o hasta que las circunstancias me amparen, o me desafíen.” Una como lectora, sabe entonces que ese viaje puede ser mucho más que una revelación que, además se complica cuando, el equipaje de la protagonista, un baúl vintage que ella cree exclusivísimo, casi único, no lo es tanto y, en el viaje de conexión, ella acaba con el baúl de otra persona: Marc, un arqueólogo de 53 años, solitario que necesita, tanto como ella, recuperar su equipaje. Un viaje más: él está en Nueva York. Ella en Madrid. Contar más, sería contarles la novela. Sin embargo, cabe tomar en cuenta que por simple que parezca la anécdota, incluso algún lector avezado diría, lugar común, bien vale no creérselo tanto, pues Paulina, logra darle una pequeña vuelta de tuerca a la historia, la cual va más allá de intercambiar baúles.

El baúl de Helena. El baúl de Marc. ¿Baúles? ¿Por qué un viajante escogería precisamente un baúl como “maleta”? Cada uno de ellos tiene sus razones. Y, aun cuando Helena es la protagonista y eje de esta historia, Marc no carga con poco. Ambos cargan una peculiar manera de desamor, una dosis importante de dolor y miedo. De encontrarse. Con ellos mismos.

“La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia delante”, decía Kierkegaard. Helena lo intuye, pero no lo sabe. Va y viene al pasado, apenas por instantes. No quiere o no logra quedarse en él. No puede. Duele. Se explica, se hace preguntas. La búsqueda es tan profunda, como las palabras que no pueden nombrarse. En el baúl que no tiene, aunque le pertenezca esta su pasado, las cartas que sus hijos le escribieron antes de su partida. La carta de su marido, Lucio. Su ropa, sus libretas. Sí, Helena escribe en libretas, a manera de diarios, sin serlo. Y objetos. Muchos o pocos. No lo sabremos. Tal vez algunos. Unos cuántos. ¿Cuánto pasado cabe en un baúl, por grande que éste sea? ¿Cuánto presente cabe apenas en una habitación de la Casa Benito Pérez Galdós de la Complutense? ¿Cuánto futuro puede andarse por los pasillos del Museo del Prado? ¿O en el lobby de El Palace? Buscar y encontrar.

Y para encontrar, perder. Y al perder, recuperar. Perderse. Recuperarse. La pérdida. La entrega. “las enormes ganas de que `perder sea encontrar´”. Un intercambio constante, de lucha consigo misma. La duda. Los cuestionamientos. Ser hija, ser madre, ser esposa. Estar. ¿Y Ser Helena? Podría detenerme en este solo punto y ahondar en cada una de los pequeños “ser” de Helena para construirse su propio deseo de “Ser”, principalmente porque cada “ser” trae consigo una carga violenta, violentísima que no estamos dispuestos a ver en ciertas clases sociales. La aceptación, la sumisión, el colocarse en determinado lugar porque “así lo marca la sociedad” implica una serie de violencias que tapamos en un solo concepto: “privilegio” y olvidamos lo que hay o puede haber detrás.

2017-02-27 08.33.57El gran acierto de “Helena: Cundo el pasado ya no pesa, el hoy es para siempre” radica precisamente en los subtextos. En lo no escrito. En lo no dicho. En aquellas frases que a lo largo de la novela van encabalgándose pero que permiten a las y los lectores hilvanar ciertos momentos. Helena es presente. Helena Artigas es presente. Oculta de ella misma. Oculta del lector, pero a la vista. Y da un paso. Y da otro. Y gana una batalla y gana otra. Tanto así que, aún sin que el baúl haya vuelto a sus manos, la propia Helena va revelando a cuenta gotas, lo que hay en él. ¿Conquistará Troya? ¿Arderá? Día a Día. “Un paso a la vez”, diría mi abuela.

No puedo no decirlo. Ahí donde está su mayor acierto, está también mis dos pequeñas desilusiones como lectora: el primero de ellos: el interludio, mismo que, para mi sorpresa, no se incluye en el índice y del cual, para no revelar la trama, sólo diré: ¿por qué, por qué?, tranquila porque en los próximos días, seguro se lo preguntaré a la propia autora y segundo: el falso final. Cuando me encontré con el que yo creía el punto final, a pesar de mi rabia, me parecía congruente. No podía cerrar el libro de golpe, porque leía en digital y mi dispositivo, no iba a padecerlo. Sin embargo, ese punto final, no lo era y sí. ¿Una trampa de la ficción? ¿Un montaje? ¿Ficción de la ficción? Me confundí. Dejé de pensar. Leía sin querer leer. Una pequeña sensación de “traición” se apoderó de mí. ¿Por qué explicar o justificar una ficción? “Explicación no pedida, acusación manifiesta”, diría, también, mi abuela. Por mí y hablo sólo por mí, las últimas páginas se las arrancaría. Ese coraje lo traigo atorado.

A pesar de mi rabia, lo entrañable de Helena es su propia tinta. La sangre que corre por sus venas, su vitalidad emotiva que la hace a una en tanto lectora, conmoverse cuando la lee decir: “Ya no me quiero perder la vida, escribiéndola. Quiero sentirla y experimentarla a flor de piel (…) Bordarme una nueva piel, cosérmela al cuerpo, encarnar la mejor versión de mí misma, eso quiero”. Y sin duda, creo que cada persona, cada mujer, quiere lo mismo, a su manera. ¿Qué no?

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Paulina Vieitez. Es comunicóloga de profesión con especialidad en periodismo. Brinda asesoría en proyectos especiales de comunicación para destacadas empresas y ha sido editora de libros y revistas empresariales. Para Sanborns creó el Festival Gourmet y el programa de lealtad y fomento a la lectura: Círculo Sanborns, con más de un millón de socios en todo el país. Ha conducido alrededor de 600 “Charlas con Café”, conversaciones con autores nacionales e internacionales. En su programa de radio Descubriéndote entrevistó a más de 100 personalidades de diversos ámbitos. Fue nombrada Súper Mamá Selecciones 2015, no sólo por ser la orgullosa madre de Antonio y María, sino por ser creadora de Quiérete, su fundación que promueve la preservación de la dignidad y autoestima de las personas con cáncer. En sus escasos ratos libres escribe ficciones poéticas bajo el seudónimo Clío. Helena es su primera novela.

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